Este mes de septiembre se cumplen 33 años de que se
produjera su fallecimiento en París. La impresión en el mundo del arte fue tal
que su mujer no fue capaz de trasmitir la noticia a familiares y amigos, por lo
que la dura tarea recayó en su galerista parisino. El número 23 de la rue des
Volontaires, un edificio por el que pasaron innumerables artistas de las
vanguardias, como Antoine Pevsner o Naum Gago, enmudeció tras la muerte del
escultor zamorano Baltasar Lobo.
Mientras el corazón artístico de Europa y también el de
otros lugares de mundo, como Estados Unidos o Venezuela, donde su obra era
conocida, valorada, estudiada y expuesta en numerosos lugares públicos y
privados, tiritaba huérfano de dolor por la pérdida de Lobo, en España la
noticia pasaba de puntillas. La información de las agencias francesas rebotaba
en algunos medios, lo que no evitaba que muchos de los que fueron partícipes de
la necrológica desconocieran que estaban presenciando la pérdida de un artista
único, quien con la vuelta a la talla directa revolucionó para siempre la
historia de la escultura. Lobo sobrepasaría con ello la influencia de Picasso,
de Arp o de Brâncuşi, y sería admirado, debido a la fuerza artística que
portaban tanto él como su obra, por Henri Laurens, el mejor escultor cubista de
su generación.
La vida de Baltasar Lobo, que nació en Cerecinos de
Campos, un pequeño pueblo de la Tierra de Campos zamorana, no fue fácil, al
igual que no lo fue la de todos los hombres y mujeres que nacieron en 1910.
Esos que, por pura cronología, debieron enfrentarse a los peores escenarios que
el ser humano es capaz de llevar a cabo: guerras, exilios, hambrunas,
encarcelamientos, dolor…
«Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta, no fue por
estos campos del bíblico jardín; son tierras para el águila, un trozo de
planeta por el que cruza errante la sombra de Caín», avisaba Antonio Machado un
par de años después del nacimiento de Lobo en el poema “Por tierras de España”,
de su famoso Campos de Castilla. No sabía Machado por entonces, tampoco Lobo lo
barruntaba, que sus vidas en cierto modo estarían ligadas cuando el poeta,
exiliado y exhausto, fuera a morir a la localidad francesa de Colliure. Casi al
mismo tiempo, el escultor, junto a miles de republicanos exiliados, se topaba
con la triste realidad de que el país de los Derechos del Hombre los humillaba
encerrándolos como animales en la cercana playa de Argéles-sur-Mer. De ella
logró escapar Lobo, junto a varios compañeros, gracias a la ayuda del
periodista sueco Rudolf Berner: un viejo amigo hecho en el frente de Madrid.
Lejos quedaba ya su infancia recogiendo espigas en los
campos zamoranos, a la esquiva sombra de los palomares, y las prácticas en el
taller de carpintería de su padre, tallando ruedas de carro, herramienta de
labriego o ataúdes de muerto. Una afición que le valió entre sus paisanos el
sobrenombre de Fabricante de santos, cuando observaron su interés por copiar
las esculturas de la iglesia parroquial de su Cerecinos natal. En otra vida
quedaba ya el descubrimiento del trabajo que lo ocuparía todo durante su
existencia, cuando con apenas catorce años recayó en el taller del imaginero
vallisoletano Ramón Núñez, quien le enseñó todos los rudimentos del oficio de
escultor. En esos días hostiles junto a la frontera, seguro que seguiría
presente en su memoria el abandono de la Escuela de San Fernando, a la que
llegó con una beca de la Diputación de Zamora, y que dejó poco después tras
constatar que en ella solo daban importancia a la teoría y no a la práctica,
algo que un escultor como Lobo no era capaz de asimilar. Convencimiento vital
que lo cambiaría todo, empujándole a ganarse la vida esculpiendo angelotes para
iglesias, estatuillas para tumbas o figuritas decorativas que se vendían en la
Gran Vía de Madrid. Fruslerías para salir adelante y que él definía, con la
retranca habitual que destilaba el genio, como «hacer barrocos».
Después, el olor a guerra lo bañaría todo. La desidia que
le produjo el poder establecido, junto a la inspiración un tanto romántica que
emanaba del anarquismo, le animó a unirse a sus filas para combatir durante la
Guerra Civil. La profunda veneración que le produjo su mujer, Mercedes Guillén,
lo convirtió en uno de los grandes cartelistas políticos del turbio momento,
llevando a cabo verdaderas obras de arte que empapelaron todas las calles de la
capital, apareciendo también en las páginas de la revista Mujeres Libres,
institución feminista fundada por la propia Mercedes.
Tras ello llegaría el exilio francés, la separación de
Mercedes, la huida a París, y el ansiado reencuentro con su mujer y con los
pocos dibujos que pudieron rescatar de la casa familiar, bombardeada durante el
asedio a Madrid por las tropas franquistas, y en la que el artista perdió no
solo todas sus obras, sino también a su padre. Tras dormir bajo todos los
puentes del Sena, Picasso vio sus dibujos y quedó fascinado, consiguiendo,
gracias a sus contactos, que lograran pasaporte y permiso de residencia y Lobo
echara en saco roto la idea inicial de irse a México. Un verdadero avance para
su futuro artístico y laboral, pero que no evitó que la pareja tuviera que
vivir semi escondida durante la invasión nazi. Una nueva desgracia que una vez
sobrepasada le serviría a Lobo para llevar a cabo la escultura más importante
en recuerdo de los republicanos españoles muertos durante la Resistencia
francesa. Obra que aún sigue instalada en la ciudad de Annecy, en el corazón de
la Saboya francesa.
El reconocimiento de artistas contemporáneos y de sus
compañeros españoles, de la denominada Escuela de París, le serviría a Baltasar
Lobo para conseguir su primer taller de trabajo. Sería en la construcción
denominada Le Ruche (La Colmena), situada en mitad de unos jardines rodeados de
construcciones modernistas: un lugar levantado por el mecenas y escultor
francés Alfred Boucher con la intención de ayudar a artistas jóvenes o
exiliados. Allí pasaría tres fructíferos años hasta conseguir su taller
definitivo, donde trabajaría sin descanso para crear las obras que le harían
pasar a la posteridad. Entre ellas su serie dedicada a las Maternidades,
realizadas entre las décadas de los cuarenta y los cincuenta del siglo pasado,
fruto de la obsesión nacida durante los primeros veranos de libertad tras la
Segunda Guerra Mundial. Un tiempo estival que Lobo pasó junto a Mercedes en La
Ciutat, zona costera cercana a Marsella, en la que en cierto modo retornó a sus
raíces gracias a los españoles exiliados que trabajaban en un astillero, y con los
que hizo gran amistad. Sin embargo el culmen, el detalle que cambió toda su
producción, influyendo en la posterior visión contemporánea del arte que
practicó, fue contemplar cómo las jóvenes madres disfrutaban de la maternidad
en la playa junto a sus hijos, en una muestra real de que el mundo volvía a ser
un lugar en el que sonreír y volver a disfrutar de la vida sin el miedo
constante a no sobrevivir.
En 1984 fue galardonado con el Premio Nacional de Artes
Plásticas. Su producción más característica es aquella en la que está a caballo
entre la abstracción y el realismo. A sus figuras se les priva de detalles,
quedando reducidas a volúmenes básicos. Tras su muerte, acaecida en la capital
francesa en el año 1993, se ha conseguido traer a nuestras tierras un
importante conjunto de sus obras. Varias de ellas se hallan expuestas en
diversos enclaves de la capital zamorana, como el «Hombre adámico», monumento
en recuerdo a León Felipe, en el Parque dedicado a ese poeta ; o la Maternidad
ubicada ante el Palacio de los Momos. Otras más se exhiben dentro del Castillo.
Pero la colección más completa y representativa se muestra en el museo
monográfico establecido provisionalmente en la llamada Casa de los Gigantes.
