Hubo un tiempo en el que las calles eran auténticos
parques infantiles. Las aceras servían de campo de fútbol, las plazas se
llenaban de bicicletas y las tardes parecían eternas entre escondites, carreras
y pandillas improvisadas. En la España de los años 80 y buena parte de los 90,
jugar en la calle no era una actividad excepcional: era la norma. Hoy, en
cambio, la imagen más habitual es la de niños y niñas frente a una pantalla,
dentro de casa y bajo la supervisión constante de los adultos.
La transformación no ha sido casual. Diversos estudios y
expertos coinciden en que la infancia actual vive más protegida, más
digitalizada y también más sedentaria que la de hace cuatro décadas.
La
calle era el gran punto de encuentro
Para quienes crecieron en los años 80, el reloj tenía
poca importancia. Bastaba con escuchar un “¡a cenar!” desde la ventana para
saber que el día terminaba. Los niños salían solos, organizaban sus propios
juegos y aprendían a convivir sin apenas intervención adulta.
La peonza, la goma, el escondite, el pilla-pilla o los
partidos interminables eran parte del paisaje cotidiano. El espacio público
pertenecía también a la infancia. En barrios y pueblos era habitual ver grupos
de niños ocupando plazas y descampados hasta el anochecer.
Un trabajo académico sobre la evolución del juego
infantil señala que las actividades físicas y colectivas dominaban el ocio de
generaciones anteriores, mientras que hoy han sido desplazadas por formas de
entretenimiento más individuales y sedentarias.
Incluso en redes sociales, muchos adultos recuerdan
aquella libertad como algo irrepetible. En foros de Reddit, usuarios describen
cómo pasaban horas recorriendo el barrio en bicicleta o jugando con amigos sin
necesidad de móviles ni internet.
Pantallas,
miedo y ciudades menos amables
El cambio comenzó de forma gradual con la llegada de las
videoconsolas, internet y posteriormente los teléfonos móviles. Pero la
tecnología no es la única responsable.
Expertos consultados por el Instituto Tecnológico del
Producto Infantil y de Ocio (AIJU) advierten de que las ciudades actuales
ofrecen menos espacios espontáneos para el juego. Muchas plazas y calles han
priorizado el tráfico, mientras proliferan carteles de “prohibido jugar a la
pelota” o “prohibido circular en bici”.
A esto se suma una creciente percepción de inseguridad.
Aunque las estadísticas no siempre reflejan un aumento real del peligro, muchos
padres consideran hoy impensable dejar a sus hijos solos en la calle durante
horas, algo completamente habitual hace cuarenta años.
La consecuencia es evidente: el juego libre ha sido
sustituido por actividades dirigidas, extraescolares o entretenimiento digital.
Más
pantallas y menos movimiento
Los datos muestran una tendencia preocupante. Un estudio
de AIJU realizado con más de 600 familias españolas concluye que el 45 % de los
niños juega al aire libre menos tiempo del recomendado por los especialistas.
Además, el tiempo frente a pantallas supera ampliamente las recomendaciones
médicas.
La investigación también revela que los menores pasan una
media superior a una hora y media diaria utilizando móviles, tabletas,
televisión o videojuegos.
Otro estudio universitario relaciona el ocio sedentario
con una reducción de la actividad física y del tiempo de descanso infantil.
Los expertos alertan de que esta nueva forma de ocio
afecta no solo al estado físico, sino también a las habilidades sociales.
Antes, el juego en la calle obligaba a negociar reglas, resolver conflictos y
convivir con otros niños de diferentes edades. Hoy, gran parte de esas
interacciones ocurren a través de pantallas.
Una
infancia más conectada, pero más aislada
Paradójicamente, nunca había existido tanta conexión
tecnológica y, al mismo tiempo, tanta distancia física entre niños.
En los años 80, aburrirse era frecuente. Y precisamente
de ese aburrimiento nacían la imaginación y los juegos improvisados. Ahora, el
entretenimiento es inmediato y constante. Un teléfono móvil ofrece vídeos,
juegos y redes sociales sin necesidad de salir de casa.
Eso no significa que la infancia actual sea peor, pero sí
profundamente distinta. Los niños de hoy tienen acceso a herramientas
educativas y tecnológicas impensables hace décadas. Sin embargo, muchos
especialistas advierten de que se ha perdido parte de la autonomía y de la vida
comunitaria que definía a generaciones anteriores.
El reto de recuperar la calle
Cada vez más pedagogos y asociaciones reclaman ciudades
pensadas también para los niños: calles pacificadas, parques accesibles y
espacios seguros donde puedan volver a jugar libremente.
Porque el problema no es únicamente que los niños jueguen
con pantallas. El verdadero debate es que muchos ya no tienen calle donde
jugar.
Y quizá ahí resida la gran diferencia entre la infancia de los 80 y la actual: antes el juego empezaba al salir de casa; hoy, muchas veces, termina justo al encender una pantalla.
