Sor María

 




Unidos noventa minutos, divididos el resto del tiempo: ¿por qué el Mundial consigue lo que la política no logra?

 

 

Cada cuatro años ocurre algo extraordinario.

Las terrazas se llenan. Las plazas instalan pantallas gigantes. Personas con ideas políticas opuestas, aficionados de clubes rivales y ciudadanos de distintas sensibilidades territoriales se abrazan cuando España marca un gol.

Durante unas semanas parece que desaparecen las diferencias.

La bandera deja de ser un motivo de discusión para convertirse en un símbolo deportivo. El himno se canta sin complejos. La selección nacional deja de pertenecer a unos u otros para convertirse, al menos durante noventa minutos, en el equipo de millones de personas.

Pero el último pitido del árbitro devuelve la realidad.

Las redes sociales recuperan el enfrentamiento político. Regresan las discusiones sobre identidad, territorio e ideología. El clima de unidad desaparece casi con la misma rapidez con la que se desmontan las fan zones.

¿Qué ocurre durante un Mundial para que un país dividido sea capaz de sentirse unido?

El poder de un objetivo común

Los sociólogos llevan décadas estudiando este fenómeno.

Cuando un grupo comparte un objetivo claro —ganar un campeonato— se fortalece el sentimiento de pertenencia. Durante un Mundial, la selección representa una identidad común que, aunque sea temporal, supera diferencias ideológicas, culturales o territoriales. El deporte actúa como un potente generador de identidad colectiva y cohesión social.

El rival deja de estar dentro del país.

Durante unas semanas está fuera.

Y eso cambia completamente la percepción colectiva.

La emoción habla un idioma universal

El fútbol consigue algo que muy pocos fenómenos sociales logran.

Provoca emociones simultáneas.

Cuando un gol se celebra en Madrid, Sevilla, Bilbao, Barcelona, Vigo o Valencia al mismo tiempo, millones de personas experimentan una emoción compartida.

La psicología social explica que esas experiencias generan vínculos temporales muy intensos.

No importa el nivel económico.

No importa el voto.

No importa el club de fútbol.

Durante unos instantes todos reaccionan exactamente igual.

Cuando termina el partido, vuelven las identidades

Sin embargo, esa unión tiene fecha de caducidad.

Una vez finaliza el torneo, regresan las identidades que forman parte de la vida cotidiana.

La política vuelve a ocupar el espacio público.

Los debates territoriales reaparecen.

Las diferencias ideológicas resurgen.

Lo ocurrido tras la reciente victoria mundialista refleja precisamente esa dualidad. Mientras millones de personas celebraban el triunfo de la selección, el éxito deportivo también generó debates políticos e identitarios en distintas instituciones, evidenciando que el fútbol puede unir, pero también convertirse en un símbolo sobre el que cada grupo proyecta su propia visión.

El deporte como espejo de la sociedad

Pensar que el fútbol está separado de la política sería un error.

La historia demuestra que ambos ámbitos han convivido durante décadas.

Los grandes acontecimientos deportivos se utilizan como escaparate internacional, herramienta diplomática y elemento de construcción de identidad nacional. Al mismo tiempo, también pueden convertirse en escenarios donde afloran tensiones sociales o políticas ya existentes.

Por eso un Mundial nunca habla únicamente de fútbol.

Habla también del país que lo celebra.

La selección como punto de encuentro

Quizá la mayor enseñanza de cada Mundial sea comprobar que la convivencia es posible.

Millones de personas con opiniones completamente distintas son capaces de celebrar juntas una victoria deportiva.

Comparten calles, abrazos y emociones sin preguntarse a quién vota el de al lado.

Ese espíritu de unidad ha sido destacado incluso por protagonistas del deporte y de las instituciones, que han señalado que los valores de la selección —diversidad, esfuerzo y trabajo en equipo— trascienden el terreno de juego.

La gran pregunta

La investigación no conduce a una respuesta sencilla, sino a una reflexión.

Si un balón es capaz de unir durante unas semanas a personas tan diferentes, ¿por qué resulta tan difícil conservar una parte de ese espíritu cuando termina el campeonato?

Quizá porque el fútbol ofrece algo que la vida cotidiana rara vez concede: un objetivo común, unas reglas compartidas y un adversario claramente identificado.

Fuera del estadio, la realidad es mucho más compleja.

Y, sin embargo, cada Mundial deja la misma imagen: miles de desconocidos abrazándose en una plaza por un gol de España.

Tal vez esa fotografía no resuelva las diferencias de un país, pero demuestra algo importante: la convivencia no es una utopía. Existe. La hemos visto una y otra vez. El verdadero desafío consiste en conseguir que dure algo más que noventa minutos.