Adiós a las pantallas táctiles en coches: fabricantes vuelven a los diésel y a los botones en el salpicadero
Durante la última década, el sector del automóvil abrazó
una idea casi dogmática: cuanto más digital y futurista, mejor. Vehículos
eléctricos, interiores desnudos de mandos físicos y enormes paneles táctiles
dominando el salpicadero se convirtieron en sinónimo de modernidad. Hoy, ese
consenso empieza a resquebrajarse.
Los propios fabricantes, que hace apenas un lustro
defendían estas decisiones como irreversibles, comienzan a introducir
correcciones. No se trata de un simple capricho estético: detrás hay datos de
seguridad, realidades comerciales y un cierto reconocimiento de que no todo lo
nuevo funciona mejor.
La
pantalla ya no es intocable
Durante años, la competición entre marcas se midió en
pulgadas: quién ofrecía el display más grande y el interior más limpio de
botones. Sin embargo, el organismo europeo Euro NCAP ha puesto límites. Si los
fabricantes quieren conservar las mejores calificaciones en seguridad, deberán
garantizar que funciones básicas como luces, climatización o intermitentes se
manejen mediante controles físicos.
El motivo es tan simple como incómodo para la industria:
interactuar con una pantalla exige apartar la vista de la carretera más tiempo
que accionar un botón que el conductor ya localiza de memoria. Lo que se vendía
como vanguardia tecnológica empieza a interpretarse como un riesgo innecesario.
El diésel, lejos del entierro definitivo
Otro movimiento inesperado llega desde uno de los mayores
grupos automovilísticos del mundo, Stellantis. Cuando el discurso dominante
apuntaba a la desaparición progresiva del gasóleo, la compañía ha dejado claro
que no lo descarta a corto plazo. Incluso estudia ampliar su presencia en el
mercado particular.
No es un regreso nostálgico a los años dorados del
diésel, pero sí una admisión de que la transición energética no avanza al mismo
ritmo en todos los países. En determinadas regiones, este tipo de motorización
sigue siendo rentable y demandada, y las marcas no están dispuestas a ceder ese
espacio sin resistencia.
Electricidad…
con matices
El viraje no acaba ahí. Fabricantes como Renault y Geely
investigan fórmulas híbridas que incorporen pequeños motores de combustión en
vehículos eléctricos para aumentar su autonomía.
Hace pocos años, sugerir una mezcla entre plataformas
eléctricas y térmicas se consideraba casi una herejía. Hoy se analiza como una
solución técnica intermedia. En paralelo, la Unión Europea ha introducido
ciertos ajustes en su hoja de ruta hacia 2035, lo que refuerza la idea de una
transición menos abrupta de lo previsto.
Estética
frente a funcionalidad
También empiezan a desaparecer algunos elementos
puramente decorativos. Los tiradores enrasados y retráctiles, populares por su
diseño limpio y su supuesta mejora aerodinámica, plantean problemas en
situaciones de emergencia. En un accidente, su localización puede no ser
inmediata, algo que preocupa a los servicios de rescate.
Tras años de vehículos cada vez más voluminosos, con
ventanillas reducidas, llantas gigantes y líneas agresivas, parte del sector
parece preguntarse si no ha llevado el diseño demasiado lejos, sacrificando
practicidad en nombre de la apariencia.
¿Retroceso
o rectificación?
No se trata de un retorno completo al pasado. La
automatización y la electrificación siguen siendo los grandes objetivos
estratégicos. Pero el camino ya no se presenta como una línea recta y sin
desviaciones.
Más que una marcha atrás, lo que se observa es un ajuste
de rumbo: menos exhibición tecnológica y más atención a la experiencia real del
conductor. Menos moda pasajera y más soluciones que funcionen en el día a día.
Quizá el coche del mañana no sea únicamente una pantalla rodante. Tal vez combine software avanzado con algo tan elemental y tan eficaz como un botón físico bien colocado.

