Aquellos Maravillosos Años







España, el país que se vendió al sol

 

Cómo el turismo de masas transformó la economía, el paisaje y la sociedad española durante los años sesenta

En apenas una década, España dejó de ser un país que recibía a unos pocos viajeros extranjeros para convertirse en uno de los grandes destinos turísticos de Europa. Las playas mediterráneas se llenaron de hoteles, apartamentos y turistas; los antiguos pueblos pesqueros comenzaron a crecer a un ritmo vertiginoso y el avión, el automóvil y el turismo organizado llevaron hasta la costa española a millones de europeos.

No fue un fenómeno espontáneo. Detrás del llamado boom turístico español hubo una combinación de factores económicos internacionales, apertura exterior, inversión pública y privada, campañas de promoción y una circunstancia que España podía ofrecer a precios competitivos: sol, playas y un coste de vacaciones inferior al de muchos países europeos.

Pero aquella transformación tuvo otra cara. El mismo proceso que proporcionó divisas y empleo aceleró la urbanización del litoral, modificó las costumbres y creó un modelo turístico cuyo impacto se sigue discutiendo décadas después.

De seis a veinticuatro millones de visitantes

Los números permiten medir la dimensión del fenómeno.

En 1960 entraron en España algo más de 6,1 millones de visitantes extranjeros. En 1965 fueron 14,25 millones y en 1970 la cifra había alcanzado los 24,1 millones. Es decir, en diez años prácticamente se cuadruplicó el número de visitantes.

El crecimiento fue especialmente rápido durante la primera mitad de la década. En 1963 se superaron los diez millones de visitantes y en 1964 se alcanzaron más de 14 millones. Después de una ligera caída en 1965, las llegadas volvieron a crecer con fuerza.

No se trataba únicamente de una cuestión turística. Las divisas aportadas por los visitantes extranjeros se convirtieron en un elemento importante de la economía española. Investigaciones históricas del CSIC señalan que el turismo contribuyó al proceso de apertura exterior, al crecimiento económico y a la modernización del país.

El turismo estaba dejando de ser una actividad secundaria para convertirse en una pieza del modelo económico español.

La Europa de las vacaciones encontró la España del sol

Para entender el fenómeno hay que mirar más allá de las fronteras españolas.

En la Europa occidental de la posguerra estaba creciendo una nueva sociedad de consumo. Las vacaciones pagadas, el aumento de los salarios y la expansión de las clases medias hicieron que viajar dejara de ser un privilegio reservado a las élites.

España ofrecía algo que encajaba perfectamente con esa nueva demanda: litoral, temperaturas cálidas y precios competitivos.

El turismo de masas comenzó a concentrarse especialmente en el Mediterráneo y en los archipiélagos. Cataluña, la Comunidad Valenciana, Andalucía y Baleares experimentaron profundas transformaciones.

El modelo era sencillo: grandes cantidades de visitantes, estancias relativamente económicas y una creciente oferta de hoteles, apartamentos, restaurantes y servicios.

La industria turística estaba creando, además, un mercado laboral completamente nuevo. Investigaciones publicadas por Estudios Turísticos muestran cómo el desarrollo del turismo de sol y playa generó nuevas necesidades de empleo y modificó los mercados laborales de las zonas receptoras.

1959: el año que cambió las reglas

El gran salto de los años sesenta no puede entenderse sin el Plan de Estabilización de 1959.

España venía de una larga etapa marcada por la autarquía y el aislamiento económico. La progresiva apertura hacia el exterior permitió una mayor integración en los circuitos económicos europeos.

El turismo encajaba perfectamente en esa nueva estrategia.

Mientras la industria necesitaba inversiones y tecnología procedentes del exterior, el turismo proporcionaba una fuente de divisas. El visitante extranjero llegaba con moneda extranjera y gastaba en hoteles, restaurantes, transportes y comercios españoles.

Un estudio sobre la evolución histórica del sector calcula que entre 1959 y 1962 el número de turistas extranjeros creció a una tasa media anual del 30,7 %.

El turismo se convirtió así en una de las herramientas con las que la economía española podía obtener las divisas necesarias para financiar su creciente relación comercial con el exterior.

El Estado también vendió España

El crecimiento no fue únicamente resultado de la iniciativa privada.

En 1951 se había creado el Ministerio de Información y Turismo, institución que concentró buena parte de la política turística del régimen. Durante los años sesenta se intensificaron las campañas de promoción exterior y se impulsaron infraestructuras destinadas a recibir un número creciente de visitantes.

La propaganda turística construyó una imagen reconocible: España como país de sol, playas, fiesta, hospitalidad y precios asequibles.

Era una imagen cuidadosamente seleccionada.

El turismo servía para atraer dinero, pero también para proyectar hacia el exterior una determinada representación de España. Investigaciones históricas han señalado precisamente esa doble función: económica y propagandística.

La llegada de extranjeros ofrecía además al régimen una oportunidad para mostrar una España moderna y abierta, incluso cuando el sistema político seguía siendo una dictadura.

Benidorm: el laboratorio del nuevo turismo

Pocos lugares simbolizan mejor aquella transformación que Benidorm.

A comienzos de los años cincuenta era todavía una población de dimensiones relativamente modestas. Durante los años siguientes se convirtió en uno de los grandes escaparates del nuevo turismo español.

La investigación histórica sobre Benidorm muestra que el municipio desarrolló una planificación urbanística específica para responder a la expansión turística. El Plan General de Ordenación Urbana de 1956 y su revisión de 1963 favorecieron una ciudad pensada para alojar a un número cada vez mayor de visitantes.

El resultado fue radical: edificios en altura, hoteles, apartamentos, nuevas carreteras, infraestructuras de saneamiento y una transformación completa del paisaje urbano.

Benidorm representaba una nueva idea de vacaciones: concentrar a miles de personas en un espacio relativamente reducido para ofrecer alojamiento y servicios a precios accesibles.

Su éxito sería posteriormente imitado en numerosos puntos del litoral.

Del pueblo pesquero al bloque de apartamentos

El turismo modificó físicamente la costa española.

En muchos municipios, terrenos agrícolas o espacios prácticamente sin urbanizar comenzaron a convertirse en hoteles, apartamentos, campings y urbanizaciones.

La construcción generó empleo y enriqueció a propietarios e inversores, pero también produjo una transformación acelerada del territorio.

El caso de Benidorm resulta especialmente ilustrativo. La investigación histórica sobre su desarrollo señala que el crecimiento permitió crear infraestructuras que antes eran insuficientes agua potable, alcantarillado, calles asfaltadas y nuevos equipamientos, pero también advierte de la deformación del tejido histórico y de la presión ejercida sobre el paisaje.

La contradicción estaba servida: para vender el paisaje mediterráneo había que construir sobre él.

El turismo cambió también a los españoles

El fenómeno no afectó solamente a quienes llegaban desde Francia, Reino Unido, Alemania o los países nórdicos.

Los españoles también empezaron a viajar más.

El crecimiento económico de los años sesenta, la expansión de las clases medias y la generalización de determinadas formas de consumo hicieron que las vacaciones adquirieran una importancia nueva.

Los destinos costeros dejaron de ser exclusivamente espacios para extranjeros.

Benidorm, por ejemplo, fue promocionado también entre trabajadores españoles. La documentación estudiada por la Universidad de Navarra muestra cómo se intentó presentar el acceso a las vacaciones como una expresión del nuevo bienestar material.

La playa pasó a formar parte del imaginario de la sociedad española.

Y con ella llegaron nuevas costumbres.

Los españoles pudieron contemplar formas de vestir, comportamientos y relaciones sociales diferentes a las habituales en una sociedad todavía marcada por la moral oficial del franquismo.

El contacto fue, en ese sentido, mucho más profundo que el simple intercambio económico. La historiadora Esther M. Sánchez Sánchez ha señalado que el contacto cotidiano entre turistas y población española contribuyó a introducir nuevas pautas sociales y culturales procedentes de Europa occidental.

El bikini y la contradicción

Uno de los símbolos de aquella transformación fue el bikini.

Su presencia en las playas españolas resumía una contradicción de la época: el régimen necesitaba atraer a los turistas extranjeros y, al mismo tiempo, mantener los principios morales y políticos de una dictadura conservadora.

La industria turística exigía cierta flexibilidad.

La economía quería turistas; la propaganda quería mostrar modernidad; la moral oficial imponía límites.

El turismo acabó creando espacios en los que esas contradicciones resultaban cada vez más visibles.

Las playas españolas se convirtieron así en lugares de contacto entre dos realidades: la España oficial y la Europa que llegaba de vacaciones.

Un negocio basado en precios bajos

La competitividad española tenía una explicación fundamental: las vacaciones en España resultaban baratas para muchos europeos.

La diferencia salarial y de precios respecto a los principales países emisores permitía ofrecer alojamiento, comida y ocio a precios atractivos.

El modelo funcionaba mediante volumen.

No era necesario que cada turista gastara grandes cantidades. Lo importante era que llegaran millones.

Ese planteamiento favoreció la expansión de hoteles, restaurantes, agencias de viajes, empresas de transporte y construcción.

También impulsó nuevas conexiones aéreas y terrestres y contribuyó al crecimiento de los aeropuertos y de las carreteras.

La otra cara del milagro

Sin embargo, reducir el boom turístico a una historia de prosperidad sería incompleto.

El crecimiento acelerado generó problemas: presión urbanística, transformación del litoral, desigualdades laborales y dependencia económica de una actividad muy estacional.

Las investigaciones sobre el mercado laboral turístico de las primeras décadas del fenómeno han estudiado precisamente la precariedad, la economía sumergida y las características particulares del empleo en las zonas turísticas.

También hubo una transformación social profunda.

Pueblos enteros cambiaron su estructura económica. Actividades tradicionales como la agricultura y la pesca perdieron peso frente a la construcción y los servicios.

En algunos lugares, la llegada de turistas provocó una expansión urbana que modificó para siempre el paisaje.

La costa española estaba entrando en una nueva era, pero el precio de esa modernización no se repartió necesariamente de la misma manera entre todos.

Una operación económica y también política

La investigación histórica permite observar una dimensión adicional.

Para el régimen franquista, el turismo no era únicamente una fuente de ingresos.

Era también una oportunidad para mostrar al exterior una España diferente.

El visitante podía llegar a un país gobernado por una dictadura, alojarse en un hotel moderno, desplazarse por una carretera nueva, bañarse en una playa llena de europeos y regresar a su país con la imagen de un territorio que estaba experimentando una rápida transformación.

El turismo funcionó, por tanto, como una especie de escaparate.

El CSIC ha estudiado esta dimensión del fenómeno y sostiene que el turismo actuó simultáneamente como motor económico, instrumento de apertura exterior y elemento de legitimación internacional del régimen.

No significa que los turistas llegaran a España por razones políticas. La mayoría buscaba vacaciones. Pero sus millones de visitas tuvieron consecuencias políticas y culturales que iban mucho más allá de sus intenciones individuales.

El legado de los años sesenta

Al terminar la década, España ya no era la misma.

En 1970 entraron más de 24 millones de visitantes extranjeros, frente a los poco más de seis millones de 1960.

La transformación había sido extraordinaria.

Habían aparecido grandes ciudades turísticas donde antes existían pequeñas poblaciones costeras. Se había creado una potente industria hotelera. Miles de personas habían encontrado empleo en la construcción, hostelería, transporte y comercio. Y el contacto con Europa había contribuido a acelerar cambios en las costumbres españolas.

Pero también había nacido un modelo que apostaba decididamente por el turismo de masas y por la concentración de visitantes en el litoral.

La verdadera herencia del boom

Más de medio siglo después, buena parte de la España turística actual sigue teniendo sus raíces en aquellas decisiones.

Benidorm, la Costa del Sol, la Costa Brava, Baleares o numerosos municipios del litoral mediterráneo son, en buena medida, productos de aquella revolución turística.

El dato más revelador quizá no sea que España recibiera millones de visitantes, sino que el país aprendió a convertir el territorio, el clima y la playa en una industria.

El boom turístico de los sesenta fue una historia de divisas, hoteles y empleo. Pero también fue una historia de urbanización, propaganda, cambios culturales y transformación territorial.

España se vendió al mundo como el país del sol.

Y el mundo respondió llegando en masa.

La pregunta que dejó aquella década no fue si el turismo funcionaba. Los datos demostraron que sí.

La cuestión que permanece abierta es otra: qué precio estaba dispuesto a pagar España por convertir sus costas en uno de los mayores destinos turísticos del planeta.