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España frente al fuego: por qué cada verano arden más hectáreas y qué estamos haciendo mal

 

 

Las imágenes vuelven a repetirse. Montañas envueltas en humo, carreteras cortadas, miles de personas evacuadas y bomberos luchando contra incendios que parecen imposibles de detener. Cada verano, España mira al cielo esperando un cambio de viento. La pregunta ya no es si habrá grandes incendios, sino cuándo y dónde comenzarán.

Las cifras hablan por sí solas. En lo que va de 2026, los incendios forestales han calcinado una superficie muy superior a la registrada durante el mismo periodo del año anterior. Decenas de grandes incendios han obligado a movilizar recursos nacionales y europeos, provocando evacuaciones masivas y poniendo a prueba la capacidad de respuesta de las administraciones públicas.

Sin embargo, reducir el problema únicamente al cambio climático sería simplificar una realidad mucho más compleja.

Un monte abandonado es un monte combustible

Durante décadas, miles de hectáreas de terrenos agrícolas y forestales han quedado abandonadas. La despoblación rural ha reducido las labores tradicionales de limpieza del monte, el pastoreo y el aprovechamiento forestal, actividades que históricamente actuaban como un cortafuegos natural.

Hoy, muchos bosques acumulan una enorme cantidad de vegetación seca. Cuando coinciden altas temperaturas, baja humedad y fuertes vientos, cualquier chispa puede convertirse en un incendio de comportamiento extremo.

Los especialistas insisten en que apagar incendios ya no es suficiente. La prevención debe realizarse durante todo el año.

El calor convierte las ciudades y los montes en una trampa

La investigación científica también está aportando nuevos datos. Un estudio desarrollado por el Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM) está analizando cómo cambian la temperatura y la sensación térmica en diferentes zonas urbanas.

Los primeros resultados muestran diferencias de hasta dos grados entre calles con abundante vegetación y otras dominadas por asfalto y hormigón. Esa misma lógica se traslada al medio natural: donde hay humedad y cubierta vegetal equilibrada, el riesgo disminuye; donde predominan la sequedad y la acumulación de combustible, el peligro aumenta considerablemente.

¿Llegamos siempre tarde?

Una de las críticas más repetidas por expertos en gestión forestal es que gran parte de los recursos se concentran cuando el incendio ya ha comenzado.

El investigador del CSIC Fernando Valladares resume esta idea con una frase contundente: no tiene sentido reforzar las plantillas de bomberos apenas unos días antes de la campaña estival. La prevención requiere inversiones constantes en limpieza forestal, vigilancia, planificación y recuperación del territorio durante todo el año.

La factura económica y ambiental

Más allá de las imágenes impactantes, los incendios dejan consecuencias que perduran durante décadas.

La pérdida de biodiversidad, la erosión del suelo, la contaminación del aire, el impacto sobre el turismo rural y los elevados costes de extinción representan una factura que asciende a cientos de millones de euros cada temporada.

A ello se suma un fenómeno preocupante: los llamados incendios de sexta generación, capaces de modificar las condiciones atmosféricas a su alrededor y dificultar enormemente las labores de extinción.

La solución existe, pero exige continuidad

Los expertos coinciden en varios puntos fundamentales:

Gestionar activamente los montes durante todo el año.

Recuperar usos agrícolas y ganaderos que reduzcan el combustible vegetal.

Incrementar las zonas de protección alrededor de núcleos habitados.

Apostar por especies forestales mejor adaptadas al clima actual.

Mantener campañas permanentes de educación y prevención.

No existe una solución rápida. Tampoco un único responsable.

Los incendios del futuro no se combatirán únicamente con más helicópteros o más aviones. Se combatirán, sobre todo, durante el invierno, cuando el monte parece dormido y nadie habla del fuego.

Quizá esa sea la gran paradoja de España: solo nos acordamos de nuestros bosques cuando empiezan a arder.