Los grandes bulos de la historia: mentiras que millones
de personas siguen creyendo
Desde una reina que supuestamente se burló del hambre de su pueblo hasta un científico al que se atribuye haber suspendido matemáticas, algunas de las historias más famosas del pasado nunca ocurrieron como nos las contaron. Otras parten de hechos reales que fueron deformados por la propaganda, la literatura y el cine. ¿Por qué seguimos creyéndolas?
Por
la redacción de Investigación.
La historia está llena de fechas, batallas y personajes
que creemos conocer. Sin embargo, algunas de las anécdotas más populares sobre
ellos tienen un problema: cuando se contrastan con las fuentes históricas,
empiezan a desmoronarse.
No hablamos necesariamente de conspiraciones
cuidadosamente organizadas ni de falsificaciones modernas. A veces basta con
una frase sin pruebas, una traducción equivocada o una novela de éxito para
convertir una invención en una supuesta verdad histórica.
El
caso de Cristóbal Colón es paradigmático: la imagen del
navegante que convenció a una Europa convencida de que la Tierra era plana se
ha repetido durante generaciones, pese a que los historiadores han documentado
que la esfericidad terrestre era conocida desde la Antigüedad y formaba parte
del saber de los estudiosos medievales.
Estos son algunos de los grandes mitos que han
sobrevivido al paso de los siglos y que merecen una revisión crítica.
El mito de Colón: nadie creía que la Tierra fuera redonda
El relato popular: en 1492, Cristóbal Colón se enfrentó a
una sociedad supersticiosa que temía que los barcos cayeran por el borde del
mundo. Su expedición habría demostrado, por fin, que la Tierra era esférica.
Lo que sabemos: los intelectuales europeos no necesitaban
que Colón les demostrara eso. La idea de una Tierra esférica se remontaba a la
filosofía griega y había sido desarrollada por astrónomos y estudiosos durante
siglos. En la propia Edad Media existía abundante tradición académica que
aceptaba esa forma del planeta.
El verdadero desacuerdo con Colón tenía mucho más que ver
con las distancias. El navegante calculó mal el tamaño de la Tierra y creyó que
podía alcanzar Asia navegando hacia el oeste en un trayecto mucho más corto de
lo que realmente era. Sus críticos tenían razones geográficas para desconfiar
de su proyecto.
¿De dónde surgió entonces la historia? Una pieza
importante de su difusión fue la biografía novelada que el escritor
estadounidense Washington Irving publicó en 1828. Su dramatización de la
disputa entre Colón y unos supuestos adversarios medievales ignorantes
contribuyó a popularizar la leyenda.
Veredicto periodístico: falso. Colón no tuvo que
convencer a Europa de que la Tierra era redonda; su error estuvo en calcular el
viaje.
«Que
coman pasteles»: la frase que condenó a María Antonieta
El relato popular: cuando le comunicaron que los
franceses no tenían pan, la reina María Antonieta respondió con desprecio: «Que
coman pasteles».
La frase se convirtió en el símbolo perfecto de una
monarquía indiferente al sufrimiento de sus ciudadanos. En una sola línea
parecía resumirse toda la distancia entre Versalles y un pueblo castigado por
la carestía.
Lo que sabemos: no existe una prueba histórica sólida de
que la reina pronunciara esas palabras. La anécdota ya circulaba en textos
anteriores a su ascenso al trono francés y suele relacionarse con una historia
recogida por Jean-Jacques Rousseau, sin atribución original a María Antonieta.
La reina fue, sin duda, una figura controvertida. Su vida
cortesana, sus gastos y su condición de extranjera alimentaron una campaña de
desprestigio. Pero la famosa frase encajaba tan bien con la imagen de una
aristocracia insensible que terminó imponiéndose como si fuera una cita
documentada.
La investigación histórica ha mostrado cómo los panfletos
políticos y los rumores contribuyeron a construir su reputación. Eso no
significa que María Antonieta fuera una defensora de la democracia ni que
estuviera libre de responsabilidad política; significa que no debemos confundir
su imagen pública con una prueba de lo que dijo.
Veredicto periodístico: no hay pruebas fiables de que lo
dijera. Una frase de autenticidad dudosa acabó convertida en una condena
histórica.
Napoleón
Bonaparte no era el enano que nos enseñaron
El relato popular: Napoleón era un hombre
extraordinariamente bajo, acomplejado por su estatura y obsesionado con
compensarla mediante sus conquistas militares.
La imagen está tan arraigada que ha dado nombre al
llamado «complejo de Napoleón», la idea de que los hombres de baja estatura
desarrollan una personalidad dominante para compensar esa supuesta desventaja.
Lo que sabemos: la leyenda se alimentó de una combinación
de diferencias entre los sistemas de medida franceses y británicos,
representaciones satíricas y propaganda política. La estatura de Napoleón se
registró en unidades francesas que no equivalían exactamente a las británicas.
La conversión incorrecta contribuyó a hacerlo parecer más bajo de lo que era.
Las caricaturas británicas, especialmente las del
ilustrador James Gillray, también ayudaron a consolidar la imagen de un
emperador diminuto, furioso y ridículo. La sátira era una herramienta política:
reducir físicamente al enemigo servía para reducirlo también en la imaginación
del público.
Las estimaciones habituales sitúan su estatura
aproximadamente en torno a 1,68-1,69 metros, una altura que no resultaba
excepcionalmente baja para un hombre de su época.
Veredicto periodístico: engañoso. El personaje diminuto
que conocemos es, en buena medida, una creación de la propaganda y de un error
de interpretación de las medidas.
Albert
Einstein suspendía matemáticas: el consuelo favorito de los malos estudiantes
El relato popular: Albert Einstein fue un estudiante
mediocre que suspendió matemáticas antes de convertirse en uno de los mayores
científicos de la historia.
Es una historia reconfortante: si Einstein suspendía,
cualquier estudiante con malas notas podría albergar la esperanza de
convertirse en un genio.
Lo que sabemos: Einstein mostró una aptitud matemática
excepcional desde joven. Dominaba conceptos avanzados siendo adolescente y
llegó a estudiar cálculo diferencial e integral antes de cumplir los quince
años.
Parte de la confusión se ha atribuido a la interpretación
de sus calificaciones en el sistema escolar suizo, cuyas escalas y criterios no
siempre se comprendieron correctamente al difundirse sus expedientes. También
se mezclaron sus dificultades con algunas materias y su conflictiva relación
con ciertos métodos de enseñanza con la supuesta incapacidad para las
matemáticas.
Hay una diferencia fundamental entre ser un alumno que
cuestiona la autoridad o no encaja en un sistema educativo y ser incapaz de
aprender una disciplina. En el caso de Einstein, la documentación biográfica
contradice la historia del estudiante que fracasaba en matemáticas.
Veredicto periodístico: falso en lo esencial. Einstein no
necesitó superar un fracaso en matemáticas para convertirse en un genio; ya
destacaba en esa materia desde muy joven.
Los
vikingos no llevaban cascos con cuernos
El relato popular: los guerreros vikingos se lanzaban al
combate con cascos adornados con enormes cuernos, una imagen repetida en
películas, ilustraciones, disfraces y videojuegos.
Lo que sabemos: los restos arqueológicos conocidos de la
época vikinga no respaldan la idea de que los cascos de combate habituales
incorporaran cuernos. Uno de los hallazgos más conocidos, el casco de
Gjermundbu, descubierto en Noruega, presenta una estructura metálica protectora
sin esos apéndices.
Los cascos con cuernos se asocian sobre todo con
representaciones artísticas románticas del siglo XIX y con la escenografía
operística, incluida la tradición visual de las óperas de Richard Wagner. La
cultura popular transformó aquella imagen teatral en un supuesto detalle
cotidiano de la vida militar escandinava.
Eso no significa que nunca existieran tocados
ceremoniales con cuernos en sociedades antiguas. Hay representaciones
arqueológicas de objetos de ese tipo en contextos diferentes. La cuestión es
que no hay base suficiente para convertirlos en el equipamiento de combate
característico de los vikingos.
Veredicto periodístico: falso como descripción general de
los guerreros vikingos. Un recurso visual moderno terminó ocupando el lugar de
la evidencia arqueológica.
Nerón
tocaba el violín mientras Roma ardía
El relato popular: mientras Roma era devorada por las
llamas en el año 64, el emperador Nerón contemplaba la catástrofe tocando
despreocupadamente el violín.
Lo que sabemos: hay dos problemas fundamentales. El
primero es cronológico: el violín, tal como lo conocemos, no existía en la Roma
del siglo I. El segundo es documental: no hay pruebas concluyentes de que Nerón
interpretara música durante el incendio.
El historiador romano Tácito recogió rumores sobre el
comportamiento del emperador durante la tragedia, pero dejó claro que no
estaban confirmados. Además, según su relato, Nerón se encontraba en Antium
cuando comenzó el fuego y regresó a Roma después.
Eso no convierte al emperador en un gobernante ejemplar.
Su actuación política, el aprovechamiento posterior de los terrenos devastados
y la persecución de cristianos forman parte de una historia mucho más compleja.
Pero una cosa es investigar su responsabilidad y otra dar por cierta una escena
dramática que carece de pruebas suficientes.
Veredicto periodístico: no demostrado. El incendio fue
real; la imagen del emperador tocando el violín es una leyenda posterior.
Julio
César nació por cesárea y de ahí viene el nombre
El relato popular: el famoso dirigente romano nació
mediante una operación quirúrgica que acabó dando nombre a la cesárea.
Lo que sabemos: la historia presenta un obstáculo
importante: la madre de Julio César, Aurelia, sobrevivió al parto y vivió
durante décadas. En la Roma antigua, una intervención de este tipo solía
practicarse cuando la madre había muerto o estaba agonizando, porque las
posibilidades de supervivencia eran muy limitadas.
Además, el origen exacto del término es objeto de
distintas explicaciones históricas y lingüísticas. No existe evidencia sólida
que demuestre que el propio Julio César naciera mediante ese procedimiento ni
que su nacimiento originara el nombre de la operación.
Veredicto periodístico: prácticamente descartado por los
historiadores. La coincidencia entre el nombre del general y el de la
intervención ha alimentado una leyenda que no encaja con los datos biográficos
conocidos.
En
la Edad Media, la gente no se bañaba y vivía entre la suciedad
El relato popular: durante mil años, los europeos
vivieron sin higiene, rechazaron el baño por motivos religiosos y solo
recuperaron la limpieza personal con el Renacimiento.
Lo que sabemos: es una generalización que no resiste el
análisis histórico. En diferentes ciudades medievales existieron baños
públicos, instalaciones para lavarse y prácticas de aseo personal. La
disponibilidad variaba mucho según la región, la época y la posición económica.
También es cierto que las condiciones sanitarias eran muy
distintas de las actuales: el acceso al agua limpia no era universal, la
eliminación de residuos planteaba graves problemas y las epidemias podían
propagarse con facilidad.
Pero de ahí no se deduce que nadie se lavara. Los textos
médicos, las normas urbanas y las referencias a los baños muestran que la
higiene formaba parte de la vida cotidiana, aunque sus prácticas y
posibilidades no fueran las modernas.
Veredicto periodístico: falso como afirmación general. La
Edad Media no fue una época sin higiene; sus condiciones sanitarias fueron
diversas y, en muchos aspectos, precarias.
Las
brujas de Salem eran mujeres quemadas en la hoguera
El relato popular: durante los procesos de brujería de
Salem, en la Norteamérica colonial, numerosas mujeres fueron condenadas y
quemadas vivas por brujería.
Lo que sabemos: los juicios de Salem, celebrados en
Massachusetts en 1692 y 1693, fueron reales y provocaron una tragedia judicial.
Sin embargo, la hoguera no fue el método de ejecución empleado en esos
procesos.
De las personas condenadas a muerte por brujería en
Salem, la mayoría fueron ahorcadas. Giles Corey, acusado pero no condenado,
murió aplastado bajo piedras durante un procedimiento de presión para obligarlo
a declarar. Otras personas murieron en prisión.
La imagen de la hoguera procede de la asociación general
entre la persecución de la brujería y determinadas prácticas de ejecución
europeas. Al trasladarse a Salem, esa imagen acabó mezclándose con una historia
distinta.
Veredicto periodístico: falso en cuanto al método de
ejecución. La persecución fue auténtica, pero la representación popular ha
mezclado episodios y tradiciones diferentes.
¿Por
qué sobreviven estos bulos durante siglos?
Los casos anteriores tienen algo en común: no todos nacieron
de una mentira deliberada, pero todos muestran cómo una narración convincente
puede imponerse a la evidencia.
1.
La propaganda política
Las caricaturas de Napoleón y los panfletos contra María
Antonieta demuestran que desprestigiar a una figura pública puede ser más
eficaz cuando se recurre a una imagen sencilla y fácil de recordar.
2. La ficción que se disfraza de historia
Una novela, una obra de teatro o una película puede
influir en la memoria colectiva hasta hacer que el público recuerde una escena
inventada como si fuera un acontecimiento documentado.
3.
Las historias demasiado perfectas
Nos gustan los relatos con moraleja: el genio que
suspendía, el conquistador acomplejado, la reina cruel o el gobernante que
ignora una catástrofe. Su simplicidad los hace memorables, aunque la realidad
sea mucho más complicada.
4.
La repetición sin verificación
Cuando una afirmación aparece en libros, documentales,
redes sociales y conversaciones, la familiaridad puede confundirse con la
verdad. Pero repetir un dato no equivale a demostrarlo.
La
historia también necesita fact-checking
Desmontar un mito histórico no significa sustituir una
versión oficial por otra teoría sin pruebas. Significa distinguir entre lo que
sabemos, lo que podemos inferir y lo que sencillamente no está demostrado.
En una investigación rigurosa, la pregunta no debería ser
solo si una historia resulta creíble, sino qué documentos la respaldan, cuándo
apareció por primera vez, quién la difundió y qué intereses pudo servir.
También es importante no caer en el error contrario:
algunos relatos populares son completamente falsos; otros contienen una parte
de verdad, pero simplifican los hechos o presentan como certezas cuestiones que
siguen siendo debatidas.
La historia no pierde interés cuando desaparecen sus
leyendas. Al contrario: gana profundidad cuando dejamos de tratar a sus
protagonistas como caricaturas y empezamos a examinarlos como seres humanos
dentro de su contexto.
Porque, a veces, el mayor engaño del pasado no es una mentira inventada conscientemente. Es una historia que todo el mundo repite y que casi nadie se ha detenido a comprobar.


